miércoles, 8 de octubre de 2008
Apostaría mi exigua fortuna a que estás pensando en mí, y estoy seguro que ganaría, doblaría y cuadruplicaría la jugada. Lo más probable es que estés llenando de bocetos tu cuaderno con escritos que te inspiro a redactar, como yo lo hago con el mío cada vez que el día me fomenta la retórica y mi reproductor de música toca esa importuna balada que cuenta nuestra historia.
Te extraño tanto como tú a mí, y también de vez en cuando un par de lágrimas recorre mi mejilla al ver por nonagésima nona vez las imágenes que capturaron esos mágicos momentos vividos y que me recuerdan que ya no hay ocasión para repetirlos.
Trato de articular discursos que te expliquen con claridad lo que siempre quisiste entender, y cuando ya por fin me siento preparado a declamártelos, te veo y tu mirada cobarde, esa que siempre prefiere desviarse al suelo cada vez que se cruza con la mía, me dice que es demasiado tarde.
Hay veces en las que me gustaría empezar desde cero e impedir a toda costa que te aparezcas en mi existencia, para así librarme de todo este tiempo de angustia y de esa incesante aparición de tu imagen en mi retina. Hay otras, por el contrario, en las que deseo volver a ser quien conquistó tu circunspección, caló profundo en tus sentimientos y te hizo sentir como nunca nadie lo hará, y sé que es con la misma intensidad que tú también lo anhelas.
No sé cómo lo haces para multiplicarte y aparecerte hasta en mis inexistentes vivencias. Quisiera saber qué tiene tu pH que hace que huela tu aroma a kilómetros de distancia. No sé qué me hiciste, no sé con qué conjuro me hechizaste y te convertiste en este mal que tanta falta me hace. Lo único que sé es que te necesito con ansias, con esas mismas ansias de pensarnos que me vendrán esta noche en el preludio de mi letargo, cuando me embelese a ojos cerrados y me dé por vencido ante tu recuerdo, que al parecer confabuló con otro maldito ser angélico para no irse de mí.
martes, 22 de julio de 2008
Transpórtate a otro planeta, a uno de ilusiones y de quimeras inquebrantables.
Cuando llegues, aléjate lo que más puedas de tu consuetudinaria usanza.
Corre desaforado intentando cometer la mayor cantidad de fechorías.
Siéntete libre y no pienses jamás en tu querencia, que lejos está de añorarte.
Disfruta la inefable sensación de absoluta emancipación y grita de alborozo.
No llegues a dormir a casa, pernocta bajo un puente y siente el frío calar en tus entrañas.
Déjate llevar por tu intrínseca locura y olvídate de tus principios cristianos.
Degüella cabras, come tierra y camina con los pies en el aire.
Ponte zapatos naranjos y viste harapos y ponte serio para decir que es tu tenida formal.
Pon tu disco favorito en la casetera del vinilo y canta el primer tema en do mayor.
Descansa en el ropero empotrado y aprovecha de dejar el despertador en la chimenea.
Toma un tren que te deje en el Vaticano y ayúdalos a predicar las enseñanzas luteranas.
Sé gobernador de tu propia región, impón tus ideales marxistas y exige devoción.
Deléitate en tus errores y espera a que los inocentes y sin culpa se excusen.
Apresa a lisiados, madres solteras y sodomitas y concédele libertad perpetua a pederastas.
Reparte desdén y sé presuntuoso y altanero al tratar con los pobres y desamparados.
Goza con el dolor ajeno y enternécete sólo con tu belleza.
Sólo haz un chasquido con el pulgar y el anular y ve cómo todos a tu alrededor se derrumban.
También, deja que la afectividad se apodere de ti y regálate los mejores momentos.
Siéntate a ver a tus más profundos anhelos cumplirse con vehemencia.
Mira hacia el fondo del pasaje y reconoce sus rostros y sonrisas.
Créelo, son ellos, los de entonces, que ahora están de vuelta contigo.
Ve, abrázala, y, sin soltarla, cuéntale lo tanto que la extrañaste.
Concíbelo y emociónate hasta las lágrimas, dejándolas que corran hasta empapar tu sitio...
Ya comienzas a echar de menos y reconfortado crees que es tiempo de volver.
Estás seguro de que el ánimo para batallar contra tus adversidades ha vuelto a ti.
Sigues extasiado y codificas tu vida ideal en menos de lo que dura un suspiro de angustia.
Empiezas a avergonzarte de uno de tus cuadros lujuriosos y no logras arrepentirte de tus tiranías.
Te regocija acordarte de las dichas vividas y guardas la esperanza de repetirlas.
Crees que te encantaría regresar… cierras los ojos y lo haces de nuevo.
lunes, 26 de mayo de 2008
En dos segundos y medio ya estaba con una pierna metida en el pantalón azul, pero se acordó que había pensado en el cuadrillé para ese día, así que lo buscó entre el colgador de los pantalones formales y se lo puso. La camisa blanca con diseño de rombos era la ideal para combinarla con el pantalón que llevaba puesto. Se abrochó el penúltimo botón de la camisa y se acordó que no era la que tenía en mente para el pantalón cuadrillé; era la celeste que le había regalado la mamá para su anterior cumpleaños. En el minuto había hecho memoria y ahora repasaba en su mente la tenida completa planeada para ese lunes: pantalón cuadrillé, camisa celeste, chaqueta negra con el cierre de doble faz, zapatos negros y la bufanda que hacía juego con el pantalón para capear el frío mañanero. Perfecto.
Le mandó saludos con la peineta a la cocina y se disculpó con ella por no ocuparla para hacerse un desayuno digno de un nutricionista. Mientras pensaba en dónde
había dejado el maletín, le prometía nuevamente que en la semana comenzaría con el plan dietético que se había exigido. El refrigerador y la cafetera llevaban ya casi un mes escuchando el mismo discurso. Sacó un yogur, agarró el maletín que recién había encontrado y partió hecho bala.La puerta de entrada se despidió de él y le encaró lo indeciso que era, porque finalmente salió con el pantalón azul, la camisa con diseño de rombos y la chaqueta impermeable porque creía haber escuchado el anuncio de lluvia para mediodía. El otro ropaje después de puesto no lo convenció.
La vecina de al lado no estaba barriendo y con eso se ahorraba bastante tiempo, porque siempre se ponía a conversarle como si de su perpetuo tiempo libre dependiera él también. El vecino de la esquina compraba todos los días sagradamente el diario en el quiosco de enfrente a la hora en que pasaba por ahí, así que a él sí lo encontró. Al señor le extrañó su apuro en un día de descanso para la mayoría: era domingo. Diablos, sí era domingo, la rutina y el estrés le habían pasado la cuenta y ésta se convertía en la segunda vez que pasaba por ese papelón. Reprochándose se fue vuelta a casa. Ahora más calmado tardó el doble de tiempo en hacer el mismo recorrido.
Entró, tiró el maletín y pasó directo a su dormitorio. Se sacó el pantalón azul y se metió a la cama con la camisa blanca puesta, hacía frío. Se durmió en menos de cinco minutos.
Cuando despertó, su amado estaba esperándolo con el desayuno listo. Le contó que había soñado que hacía el ridículo yendo a trabajar un domingo y le recordó lo tanto que lo amaba.
Pero cuando se acordó que en realidad no tenía ningún novio, que no trabajaba, que era viernes y no domingo, que era imposible que hayan pronosticado lluvia porque era pleno verano, que era alérgico a los lácteos, que en la esquina no había ningún quiosco, que nunca había tenido un par de zapatos negros, que no usaba maletín sino mochila y que hasta en los sueños las puertas y los electrodomésticos de su casa le hablaban, se puso a pensar en que no le haría nada de mal tomar una hora en salud mental. Levantó el teléfono y pidió una cita con el traumatólogo para el treinta de febrero.
domingo, 6 de abril de 2008
El mismo rincón asaltado del corazón que acabó por ceder su protección a lo mismo, salvaguardándolo y dejando a un lado lo antagónico del efecto. La misma necesidad de despojarse ya y a la vez de retardar la despedida, teniendo los mismos deseos de caricias desconocidas, momentos irreemplazables y palabras melosas. El mismo dolor que provocan la distancia y la presencia con la misma incertidumbre en la afinidad. Iguales sentimientos e idéntica sensación perdida en las marañas del entendimiento. El mismo final inconcluso y las mismas pasiones frustradas que infatúan a un mismo ser desdoblado en dos sujetos.
sábado, 15 de marzo de 2008
Es entendible que no quiera darse a conocer, sé que es difícil, pero va a tener que dignarse pronto a salir a la luz, es lo que todos esperamos. Eso es cierto, al menos yo, estoy cansado de apañarla en todas sus fingidas jugadas. A mí me pasa lo mismo, estoy harto de tener que aguantarle que ande falseando por la vida como si nada. Yo a veces trato de comprenderla, porque sé que a ella también le angustia esto, para nadie es grato andar escondiéndose cual delincuente prófugo de la justicia. Sí, pero eso se soluciona dando la cara y enfrentando lo que venga, si tampoco es tan terrible lo que oculta bajo el atuendo ese tan cómico que lleva. Claro, yo he tratado en todos los tonos de decirle que eso que tanto la acongoja y avergüenza es lo mejor del mundo, y que está lejos de ser un crimen o una fechoría digna de tener en hide mode. No sé, a mí me cuesta comprarle el cuento de afligida, si todos sabemos cómo llamar la atención, y ella es experta en eso. No seas así, no podemos juzgarla así tan a la ligera, sus motivos debe tener. Yo creo que esta discusión no da para más, además hace oídos sordos a cualquiera que trate de aconsejarla, y en lo único que tenemos común acuerdo es en que es ella, es ella la verdad que desmorona todo. Es esa la verdad que miente descaradamente frente a ellos y oculta su identidad sin remordimiento alguno, y que daña sin escrúpulos a él, a él y a todos.
domingo, 9 de marzo de 2008
Me despertó el ladrido de las perras que hacen escándalo cada vez que viene el cartero. Traté de seguir durmiendo para reanudar el hilo del sueño como siempre lo hago, pero no pude y me quedé con las ganas de saber cómo continuaba la historia.
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